27.7.14

LA VISITA

El ritual de la noche volvía a repetirse. La pesadez era por la comida o de saber que ya podían permitírsela. Marcharon hacia la habitación, en busca de la cama, las camas, que aparecían invariablemente idénticas: mismo cubrecama rosado con globos y perritos, sábanas con borde de puntillas y la secuencia de dos almohadas blancas, separadas por una mesa de luz en forma de princesa.

Siempre sentí que con Lupe éramos una imagen reflejo, una de la otra - no podría decir quién de quien, aunque yo nací un par de años antes - como un espejo algo deforme, en donde se copian zapatos de cuero calados y ositos de peluche muy parecidos. 

Esa noche yo sabía, iba a pasar lo de siempre. Durante la madrugada, un chico con cara de nada me despertaría. Lo bueno es que siempre traía juguetes interesantes, como ese del palo y la pelota unidos con un hilo, y nos sentaríamos a jugar en silencio. Lupe también. Era hasta que alguna de las dos se cansara y volviera a la cama, luego la otra, y así el chico se quedaba solo.

Durante el día no hablábamos de la noche pero yo notaba a mi hermana muy nerviosa. Quise tranquilizarla, era evidente la inocencia de la visita, pero Lupe retrocedió en cuanto abrí la boca y me apretó fuerte el antebrazo, con la mano transpirada. 

Entonces me contó que en las noches, mientras yo jugaba con ella y el chico, a ella la despertaba un tipo de ojos claros, vestido con un traje sucio que llenaba la habitación con olor nauseabundo. El loco, la obligaba a sentarse y ver como iba a hacerme daño sin, hasta el momento, haber cumplido la amenaza.

2 comentarios:

Ailime Aúrum dijo...

Las visitas nocturnas son sólo para los que ven los elefantes en las boas.

Rita Gerónimo dijo...

Y todos podemos ver algo diferente. Y la cajita y el cordero?